Categoría:Colonia San Mateo

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La Colonia San Mateo se ubica al norte de la Alcaldía Coyoacán. Junto con la Colonia San Diego Churubusco, formaba parte del antiguo poblado de Huitzilopochco en la época prehispánica y luego de la colonización pasó a ser un pueblo de indios, añadiéndose a la denominación prehispánica el nombre cristiano de San Mateo. Así, se le empezó a conocer como San Mateo Huitzilopochco. Fue una provincia pequeña que comenzó a crecer durante la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, momentos históricos han caracterizado a San Mateo, como la resistencia ante los ataques estadounidenses de 1847. Actualmente, la calle que divide San Mateo con San Diego Churubusco se llama Héroes del 47 en alusión a esta batalla, en cuyos terrenos se confrontaron las tropas.

Historia

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Prehispánica

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Tanto la Colonia San Mateo como San Diego Churubusco tienen como basamento el antiguo pueblo prehispánico que nos remite al barrio de Pochtlan, y que estaba muy cerca de lo que fue el teocalli de Tepuztecatl, deidad del pulque y de los mercaderes. El nombre prehispánico del poblado en el que se encontraba este barrio era Huitzilopochco. Al paso del tiempo, la denominación prehispánica se transformó hasta llegar a nosotros en forma castiza. Hoy a este antiguo poblado prehispánico le llamamos Churubusco. Los antecedentes mesoamericanos del lugar se remontan, por lo menos, ocho siglos atrás.[1]

Las crónicas tanto del siglo XVI como las posteriores nos hablan de Huitzilopochco como un pequeño poblado cuyos antecedentes arcaicos lo constituyen los “colhuacas”, habitantes que comenzaron a ocupar la cuenca de México en el siglo XIII de nuestra era. En este siglo los indios de tradición Colhua-Chichimeca formaron una confederación llamada de los “Cuatro Señores”, o Nauhtecutli, integrada por los pueblos de Colhuacan, Ixtapalapa, Mexicalcingo y Huitzilopochco. La Confederación de los Cuatro Señores incluso mantuvo esclavizadas a las tribus mexicas cuando atravesaron el territorio de la cuenca de México, en su peregrinación para encontrar el lugar de fundación de su ciudad. Así, entre los años de 1302 y 1303 de nuestra era, los mexicas vivieron en Culhuacan, como centro más importante de la Confederación. Más tarde, los mexicas continuaron su camino hasta fundar Tenochtitlan en la región más pantanosa de la cuenca de México en 1325.[1]

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Para el siglo XV, Huitzilopochco ya constituía una de las principales comunidades Culhuas. La relación de éstos con los mexicas había sido de sujeción y dominio recíproco, ya que ambas eran parte integrante de los Cuatro Señores. No obstante, los mexicas comenzaron a conquistar y posteriormente a someter a los pueblos vecinos mediante alianzas estratégicas o a través de la guerra, de tal manera que para este siglo una buena parte del centro de México estaba dominado por la Triple Alianza, esto es, la confederación constituida por los señoríos de Tlacopan, Texcoco y Tenochtitlan. Dada su condición de pueblo eminentemente guerrero, y guiados por Huitzilopochtli, los mexicas conquistaron a los Nauhtecutli, y por lo tanto a Huitzilopochco. De este modo, la suerte de este poblado cambió; de estar ligada al dominio de los Nauhtecutli, se convirtió en tributario del gran imperio mesoamericano.[1]

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Huitzilopochco se ubicaba al oriente de Coyoacán, en la orilla del lago, y una de sus características, al igual que otros poblados lacustres, es que eran prácticamente islas. De acuerdo a estudios reconstructivos13, este pueblo prehispánico tenía dos ejes o centros de población: el principal ubicado en donde actualmente está la iglesia de San Mateo, y otro secundario, en donde se encuentra el actual convento de Santa María de los Ángeles. Al parecer el eje principal del poblado seguía una traza muy cercana a la actual calle Héroes del 47.[1] En contra de la creeencia común, muy extendida, el teocalli principal no estaba situado donde se yergue el convento de Santa María de los Ángeles de Churubusco. Más bien se ubicaba en donde actualmente está el templo de San Mateo, sobre la actual calle de Héroes del 47. No obstante, éste no era el único. Existían por lo menos otros cuatro dedicados a Tlateuctli y a Quetzalcoatl, en el barrio de Ahuehuetitlan; a Ilamatecuhtli en Tzapotlan; y al ya mencionado Tepuztecatl, dios del pulque y de los mercaderes, en el barrio de Pochtlan, es decir, el lugar donde actualmente se encuentra el convento.

La conquista de Huitzilopochco por los mexicas puede situarse entre los años de 1428 y 1430, durante el segundo año del reinado de Izcóatl. En este lapso los mexicas se expandieron hacia el sur de los lagos, al grado de hacer huir al señor de Coyoacán, y de esta forma, los huitzilopochcas quedaron sometidos en calidad de tributarios del imperio mexicano. Fue entonces cuando Izcóatl se hizo señor de Cohyohuacan, Huitzilopochco y Atlacuihuaya, que eran las ciudades “más pujantes de los Tepanecas”. El Códice Mendocino señala los productos que Huitzilopochco tributaba a los aztecas y que consistían principalmente en plumas multicolores de colibrí, un escudo o “chimalli” decorado profusamente con plumas del ave, además de flores multicolores.[1]

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En 1504 murió el señor de Huitzilopochco, de nombre Huitzilatzin. Los pobladores relacionaron su muerte con el eclipse de sol que se produjo un poco antes, como un signo ominoso que presagiaba una gran calamidad para todos los pueblos de Anáhuac. Así lo manifiesta Juan de Torquemada cuando dice: “porque como no alcanzaba ser cosa natural, creían que era algún anuncio de cosas venideras; y aunque es así, con todo, sucedió luego tras él la muerte de Huitzilatzin, Señor de Huitzilopochco”. En efecto, el fenómeno natural pareció anunciar en Huitzilopochco la muerte de su gobernante. Sin embargo, nadie se imaginaba todavía lo que vendría después: la llegada de hombres rubios y barbados a la cuenca de México.[1]

En un principio la suerte de los pobladores de Huitzilopochco estuvo asociada a la acción de los conquistadores. Los huitzilopochcas se aliaron con Cortés y sus hombres, ya que -como la mayoría de los pueblos subyugados por el poderío mexica-, vieron en ello la oportunidad de deshacerse de la tutela y dominio mexica. De este modo, durante el proceso de ocupación, en enero de 1521, el señor de Coyoacan y Huitzilopochco, Huitzilatzin II, hijo del que murió en vísperas del eclipse de 1504, ofreció ayudar a los españoles para poder tomar la ciudad de México-Tenochtitlan. En contraste, cuando los europeos sufrieron la derrota de la “Noche Triste”, los huitzilopochcas les retiraron el apoyo, como precaución ante un probable repunte de las fuerzas mexicas y de sus aliados de la zona lacustre central.[1]

Podemos observar cómo los indios aliados de estos lugares se habían rebelado contra los españoles y sus adeptos nativos. El grupo de los Nauhtecutli, aún conservaba su organización y fue de los que opusieron resistencia a la conquista europea, muy probablemente porque desde abril de 1521 Cortés y sus hombres habían tomado Iztapalapa y con sus bergantines habían rodeado por el sur para consumar el asalto a Tenochtitlan. Finalmente, en agosto de ese mismo año, 1521, los ibéricos redujeron a cenizas el lugar y conquistaron el imperio más poderoso de Mesoamérica en este tiempo. Huitzilopochco se unió entonces a la suerte de las ciudades aledañas a los lagos de Texcoco, Chalco y Xochimilco, es decir, también sufrieron el mismo proceso del asalto y destrucción de la capital mexica.[1]

Colonial

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Hasta el siglo XVI, el conglomerado de Churubusco pasó de ser un asentamiento prehispánico, a un pueblo de indios novohispano, con dos centros de evangelización: una parroquia del clero secular, y una pequeña ermita del clero regular. De esta forma, ambos establecimientos servían para satisfacer la vida espiritual de la población. El pueblo de indios de San Mateo se había formado con la población autóctona de Huitzilopochco. Desde el siglo XVI, su principal actividad era la mano de obra para construcción en Tenochtitlan y el comercio. La industria de la sal también era apreciada y dependía de la salmuera natural de los lagos de la cuenca de México. Se registra como industria indígena en “Mexicalzingo, Coyoacan, Mixcoac, y Huitzilopochco”.[1]

San Mateo Huitzilopochco era parte del corregimiento de Coyoacán. Huitzilopochco fue evangelizado en primer término por los franciscanos. Durante los primeros 50 años de la llamada conquista, los frailes franciscanos, dominicos y agustinos, fueron agentes activos de un exitoso programa de conversión y evangelización entre los indios. Vemos de esta forma que el antiguo poblado de Huitzilopochco pasó a ser un pueblo de indios, agregándole a la denominación prehispánica el nombre cristiano de San Mateo, con lo cual se le empezó a conocer como San Mateo Huitzilopochco.[1]

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Muchos indígenas de San Mateo sirvieron como mano de obra en otros lugares para trabajar en la construcción de las ciudades españolas. Se sabe que Hernán Cortés, por ejemplo, reclutó hombres de seis pueblos, entre ellos Huitzilopochco. Así, un ejército de brazos fue asignado para el trabajo de construcción urbana en Tenochtitlan. Todavía a fines del siglo XVI, ante el repartimiento urbano en la ciudad de México, escaseaba la mano de obra, por lo cual se reclutaron indígenas de pueblos cercanos al valle para compensar la escasez de trabajadores urbanos. Dentro de estos pueblos, como ya se señaló, estaba Huitzilopochco, junto con Ixtapalapa, Mexicalcingo, Culhuacan, Cuitlahuac y Mixquic. A finales de ese siglo, la mayoría de indígenas huitzilopochcas fue reasignado posteriormente a encomenderos privados lejos de Huitzilopochco, en razón de que era necesaria la mano de obra en otros poblados y no precisamente en este lugar.

En los primeros años de la conquista, el pueblo de San Mateo Huitzilopochco consolidó la estructura de sus barrios, misma que se conservó durante todo el periodo virreinal y buena parte del siglo XIX. Su principal actividad económica era la industria de la sal que desde la etapa prehispánica había adquirido primacía destacada en los pueblos del sur de la cuenca de México. Otras actividades menores eran la pesca y la cacería de patos.[1]

Durante el siglo XVI, en el poblado de Huitzilopochco se construyeron dos templos cristianos. Uno de ellos fue el de San Mateo, que posteriormente se le encomendó al clero secular, y otro fue el del convento franciscano (de San Diego). Estos dos establecimientos religiosos estaban claramente diferenciados. Por un lado, la parroquia del pueblo de indios de San Mateo Huitzilopochco, en el lugar donde se encontraba el teocalli a la deidad de la guerra. La construcción de este templo en un sitio de importancia prehispánica, quizá tuvo como objetivo aprovechar el sincretismo religioso y trasladar la veneración de la deidad prehispánica a la judeo-cristiana. Por el otro, el establecimiento franciscano, dentro de la actual Colonia San Diego, consistía en una pequeña ermita y una casa anexa que se constituyó en visita de la Provincia del Santo Evangelio de México.[1]

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Este pequeño templo de San Mateo, situado en la actual calle de Héroes del 47, inicialmente fue atendido por los franciscanos. La iglesia parroquial de San Mateo Churubusco fue construida a costa de Bernardo de Peñalosa, muy probablemente a partir de la década de 1550, es decir, es posterior a la fundación de los franciscanos. Sin embargo, en 1555, a raíz del Primer Concilio Mexicano, el cuidado de esta parroquia se trasladó al clero secular, seguramente para contrarrestar la presencia del clero regular en el poblado. Así, el templo que se hallaba en el “pueblo de indios mexicanos llamado Churubusco”, pasó a depender directamente del arzobispado de México. Un relator de la visita a Churubusco a finales del siglo XVI llamaba la atención a la predilección de los habitantes hacia el convento de regulares, sobre la parroquia del clero secular. El clérigo señala que:[1]

Es visita [el pueblo] de Clérigos, los cuales administran a los naturales los santos sacramentos en una iglesia, no lejos del convento, llamada San Matheo. Hay allí un nacimiento y ojo muy grande de agua, muy hondo, tomado en redondo con una calzada y pretil de cal y canto, del cual sale un golpe de agua y va por otra calzada de lo mismo y pasa por todo el pueblo y por junto al convento, al cual entra un buen golpe para regar la huerta y para el servicio de la casa. [...] Es tierra aquella de mucho maíz, y muy fértil de duraznos, membrillos, manzanas y peras, de capulines y tunas, y de otras frutas de la tierra y hortalizas de Castilla; los indios son muy devotos de los frailes descalzos, y aunque no les administran los sacramentos, les hacen mucha limosna para su sustento y les dan indios de servicio con mucho amor y voluntad y acuden a confesarse con ellos y a oir misa y sermón a la iglesia del convento; el cual está acabado con su claustro, sus dormitorios, celdas, iglesia y huerta, todo muy pequeño y hecho de ladrillos.[2]

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Siglo XIX

Una pequeña aldea, distante dos leguas de México, situada en la confluencia de los caminos de Tlalpam y Coyoacan, formando, por decirlo así, el vértice del ángulo que representan ambas calzadas. El pueblo de Churubusco se forma de un grupo de humildes chozas de adobe, levantadas en un suelo fértil y pantanoso, donde la vegetación se desarrolla exuberante. Sus sembrados producen la caña corpulenta del maíz, y las milpas se prolongan hasta la misma iglesia y convento de Churubusco.[3]

Intervención estadounidense de 1847

Antes de la llegada de los estadounidenses, en el poblado de San Mateo Churubusco y en su convento, los frailes fueron sometidos a las disposiciones militares; desde junio se había dado la orden para su desalojo. El guardián del convento, Joseph Peredo comunicó la noticia a los novicios y maestros que quedaban en el lugar y advirtió que era preciso salir, por orden gubernamental, para que el recinto se ocupara por las fuerzas militares y por la guardia nacional. De esta forma, comenzaron los trabajos de fortificación en Churubusco con el fin de detener el avance del enemigo. El 21 de junio de 1847, los frailes emigraron hacia el Convento de San Diego de la ciudad de México, y sólo quedó un guardián, Francisco Orruño, en el convento de Santa María de los Ángeles. El día 22 de junio el gobierno ocupó del convento “convirtiéndolo en presidio, cuartel y fortaleza”.[1]

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El 18 de agosto el general Manuel Rincón, un veterano militar de las guerras de independencia, asumió el mando de las tropas en Churubusco, por orden expresa de Santa Anna. Así, llegó el jueves 20 de agosto. Procedente de San Ángel, Santa Anna y sus 5 mil soldados de la división del Norte pasaron por Churubusco y atravesaron el puente con rumbo a la ciudad de México. En el convento, el general Santa Anna sostuvo una conversación con el jefe del punto, Manuel Rincón, concluyendo que en este lugar debía ofrecerse una resistencia ya que el general Gabriel Valencia había sufrido una desastrosa derrota en las lomas de Padierna. Efectivamente, la derrota de Valencia apenas aquella madrugada, había sido un golpe demoledor, con lo cual el ejército de Santa Anna retrocedía hasta la capital del país.[1]

Aproximadamente a las 10:00 de la mañana, el contingente invasor procedente de Padierna avanzó rumbo a Churubusco, pasando por Chimalistac y por Coyoacán. Algunos grupos de indígenas, pobladores de San Mateo abandonaron sus chozas en prevención del inminente ataque. Así, la defensa del convento sólo esperó la oportunidad para repeler el ataque. La tropa del general David Emmanuel Twiggs llegó por el suroeste, esto es por el camino a Coyoacán, y se acercó hasta las milpas de casi dos metros de altura que cubrían el perímetro del convento, y que permitían al enemigo esconderse entre ellas.[1]

Finalmente a las 10:45 aproximadamente, comenzó el ataque por este camino. Los sembradíos que rodeaban el convento sirvieron eventualmente como camuflaje a las tropas agresoras. Los generales Rincón y Anaya dieron la orden de no disparar hasta que el enemigo estuviera lo más cerca posible, con el fin de hacer más certeros los disparos. Los norteamericanos de la División Twiggs se acercaron sigilosamente, y los defensores mexicanos iniciaron una descarga muy nutrida. En este primer intento para repeler el ataque, los defensores causaron bajas importantes, lo que obligó a las filas norteamericanas a detenerse momentáneamente y replegarse ante el sorpresivo fuego de fusilería.[1]

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José María Lafragua resumió esta capitulación así: “los americanos ocuparon Churubusco sin asalto, como se ocupa un edificio abandonado; puesto que sus defensores cesaron en su noble empresa cuando quemaron su último cartucho”. Aquel 20 de agosto, en el convento de Santa María de los Ángeles ondeó la bandera estadunidense, los jefes y oficiales mexicanos pasaron esa noche en un cuarto del convento que los frailes destinaban a guardar los medicamentos, ya que relata Roa Bárcena, “olía a medicinas y había allí algunos trastes con unturas”. Al día siguiente, a las 11 de la mañana, los prisioneros fueron trasladados a San Ángel.[1]

Una parte de las tropas invasoras permaneció en Churubusco ocupando el inmueble; una vez instalados, los soldados norteamericanos levantaron el campo, quemaron parte de los cadáveres y otra parte la sepultaron ahí mismo. Después de permanecer en San Ángel durante algunos días, los prisioneros mexicanos fueron trasladados a la ciudad de México, a la cárcel de la Acordada. Los oficiales norteamericanos tuvieron consideraciones con los prisioneros mexicanos, ya que entre ellos se hallaban diplomáticos tan brillantes como Manuel Eduardo de Gorostiza, o políticos importantes como el propio Pedro María Anaya.[1]

Las tropas de ocupación estuvieron durante un lapso de 18 días en el convento, después del cual el grueso del ejército invasor abandonó el punto, dejando una guardia que permaneció hasta 1848. En este periodo, algunas áreas del convento fueron utilizadas como cárcel para los prisioneros de guerra.[1]

Siglo XX

1900-1920

Durante las primeras décadas del siglo XX, en la ahora llamada Colonia San Mateo, la vida fluía como en cualquier otro pueblo de los alrededores de la Ciudad de México. Para trasladarse de la capital a Churubusco había un ferrocarril del centro a San Ángel con un costo de 15 centavos en primera clase y 8 centavos en segunda. Otra linea de México a Tlalpan tenía su ramal en San Mateo Churubusco.[1]

Las descripciones del poblado y de su convento en esta época, prefiguran curiosamente un manejo de conmovedores rasgos de abandono. Como agudo observador en ese momento, Manuel Rivera Cambas se lamenta del estado que guardaban los pueblos de San Mateo y San Diego Churubusco, “a diferencia de cuando lo habitaba la raza valiente y marcial que se opuso a los mexicanos”. Se refería, desde luego a los pueblos prehispánicos que después fueron sometidos por los aztecas.[1]

Asimismo, a principios del siglo XX comenzaron a fraccionarse los terrenos adyacentes para destinarlos a vivienda, con el consecuente crecimiento de los poblados cercanos como Coyoacán y Tlalpan. De esta forma, el antes insignificante poblado de San Mateo de Churubusco comenzó a ser absorbido por la mancha urbana y por la necesidad de crecimiento territorial de la ciudad de México. En 1897 los concesionarios de la Colonia del Carmen, se extendieron hasta los límites del convento y del río Churubusco. Por el lado oeste de la edificacion conventual, la fábrica de ladrillos de “La Corina” compraba más terrenos con el objeto de “construir un horno para la fabricación de tabiques”.[1]

Siglo XXI

Análisis Urbano Arquitectónico

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Referencias

Bibliografía

  1. 1,00 1,01 1,02 1,03 1,04 1,05 1,06 1,07 1,08 1,09 1,10 1,11 1,12 1,13 1,14 1,15 1,16 1,17 1,18 1,19 1,20 1,21 1,22 Daniel Escorza Rodríguez, Biografía de un monumento histórico. El ex-convento de Churubusco 1678-1991. Tesis para obtener el grado de Maestro en Historia. México: UNAM, 2009.
  2. Antonio de Ciudad Real, Tratado curioso y docto de las grandezas de la Nueva España. Relación Breve y verdadera de algunas cosas de las muchas que sucedieron al padre fray Alonso Ponce en las provincias de la Nueva España siendo comisario general de aquellas partes. Ed. y estudio preliminar de Josefina García Quintana y Víctor M. Castillo Farreras. Prol. de Jorge Gurría Lacroix, UNAM.IHH, México, 1976, vol. 2, p. 216.
  3. Ramón Alcaraz, et al., Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos, Facsímil de la edición mexicana de 1848, México, Fundación Miguel Alemán, 1997, p. 237.
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