Categoría:Colonia Tabacalera

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Colonia Tabacalera

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La Colonia Tabacalera es una colonia en la Alcaldía Cuauhtémoc de la Ciudad de México en la frontera occidental del Centro Histórico. Las fronteras de la Colonia están delimitadas al norte por el Puente de Alvarado e Insurgentes Norte; al este por el Puente de Alvarado; al oeste por Insurgentes Centro y al sur por Paseo de la Reforma. Colinda con la Colonia Buenavista y Colonia Guerrero al norte; con la Colonia Juárez al sur, el Centro Histórico al este y la Colonia San Rafael al oeste.

Historia

En 1898 el edificio que hoy alberga el Museo de San Carlos se convirtió en la sede de la fábrica Tabacalera Mexicana Basagoiti Zaldo y Compañía, es por ello que la colonia tomó ese nombre. El año 1899 es considerado como el origen oficial de la colonia, la cual empezó a tomar forma hasta unas tres décadas después.

Hoy, la Tabacalera consta de 49 manzanas situadas dentro del triángulo que conforman las avenidas Insurgentes, Reforma y Puente de Alvarado. Entre los años 30 y 50 era muy común ver en las cafeterías de la colonia a Juan Rulfo, Ricardo Bell, Nellie Campobello y Pablo Neruda.

La avenida Paseo de la Reforma tuvo por muchos años la estatua de Carlos IV (El caballito) que fue trasladada a la Plaza Manuel Tolsá y, en su lugar, colocaron la pieza Cabeza de Caballo del escultor Enrique Carbajal.

El Moro (edificio de la Lotería) es considerado uno de los primeros rascacielos que hubo en la CDMX.

El Frontón México fue sede de los Juegos Olímpicos de 1968. Se dice que el  frontis del edificio fue hecho con mármol sobrante del Palacio de Bellas Artes.[1]

El edificio y la zona en el siglo XIX y primera mitad del XX

De finales del siglo XVIII data la construcción del Palacio de Buenavista: “no pudo ser antes de 1798, puesto que para ese año la segunda marquesa recibió en herencia el predio. Se sabe asimismo que, para 1805, ya Tolsá había edificado un palacio para el conde de Buenavista”.(2) Desde la conclusión de su edificación hasta 1914 el palacio fungió como casa habitación de diversas familias pudientes decimonónicas. Primero lo habitó la marquesa de Selva Nevada, quien encargó la construcción para su hijo, el conde de Buenavista. Después fue arrendado y vendido sucesivamente a Antonio Pérez de Andújar Gálvez Crespo y Gómez, Pedro José María Romero de Terreros y Antonio López de Santa Anna, entre otros. La crónica de época de Madame Calderón de la Barca, quien acompañó a su esposo en misión diplomática y residió en México a partir de 1839, sugiere la calidad y gusto por el edificio en sus cartas, en las que describió la vida cotidiana y la convivencia de clases sociales:

[…] es una casa que nos haría felices si el propietario quisiera alquilárnosla […] son los curiosos y pintorescos grupos de gentes que vemos desde la ventana: hombres de color bronceado, con sólo una frazada encima con la que se envuelven, sosteniendo con garbo sobre sus cabezas vasijas de barro […] llevan […] dulces o blancas pirámides de grasa (mantequilla); mujeres con rebozo, de falda corta […] sin medias, con sucios zapatos de raso blanco […] señores a caballo con sillas y sarapes mexicanos; léperos holgazanes, patéticos montones de harapos que se acercan a la ventana y piden con la voz más lastimera, pero sólo es un falso lloriqueo.(3)

Para el año 1864 el gobierno de Maximiliano I de México (Maximiliano de Habsburgo) compró el palacio y lo obsequió como regalo de matrimonio al mariscal Bazaine en “agradecimiento por los servicios personales prestados”,(4) quien ofreció en su flamante mansión una francachela como celebración por la tercera ocupación de las tropas francesas: “desde las diez de la noche hasta la madrugada hubo gran baile en el palacio de Buenavista […]. Como los jardines del palacio se extendían hasta el ejido y estaban cerrados por una reja de hierro, el pueblo en masa podía admirar la hermosa iluminación y los brillantes letreros formados con farolillos venecianos”.(5)

Hacia 1914 el palacio perdió la calidad de casa habitación y fue adquirido por “la familia Basagoiti, industriales del tabaco, que pretendieron hacer una colonia obrero-administrativa desde el Puente de Alvarado, en donde estaba la fábrica, hasta la avenida de la República”,(6) rasgo que le dio nombre a la delimitación urbana: la función del edificio denominó la colonia; de hecho, en la actualidad el ideograma de la estación del metrobús Tabacalera es una estilización del antiguo Palacio de Buenavista.

Por lo que respecta al barrio, una vez concluida la Revolución mexicana la morfología de la arquitectura y del espacio urbano en la colonia Tabacalera se fue modificando gradualmente. Desde la segunda mitad de la década de 1920 fueron establecidos en este lugar  los primeros ejemplos de arquitectura con formas propias del art decó:“el decó fue capaz de descubrir el modo de ser, los símbolos y la identidad de una sociedad que, habiendo vivido una Revolución, demandaba cambios totales de contenido y continente”(7). El primero en el que se utilizó esta morfología fue el edificio de la Alianza de Ferrocarrileros Mexicanos proyectado por el arquitecto Vicente Mendiola. En palabras de Hugo Arciniega, el “art decó y la verticalización […] dieron una nueva fisonomía a la zona con edificios como el construido […] para la Alianza de los Ferrocarrileros y el del Frontón México” .(8)

A partir de los años treinta del siglo XX se acentuaron los procesos de congregación poblacional y administrativa en la Tabacalera. Corporaciones como la Confederación de Trabajadores de México, el Sindicato Mexicano de Electricistas, la Alianza de Ferrocarrileros Mexicanos y la Confederación Nacional de Organizaciones Populares, edificaron las sedes de sus dependencias en la colonia y sus inmediaciones. Fue a través de ellas que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) (ya sea como Partido Nacional Revolucionario de 1929 a 1938 o como Partido de la Revolución Mexicana de 1938 a 1946) canalizó la política nacional durante la primera mitad del siglo XX.

Cabe destacar también que dentro de la parafernalia del régimen posrevolucionario, entre 1933 y 1938 se construyó en el corazón de la colonia el Monumento a la Revolución, aprovechando parte de la estructura que inicialmente iba a ser destinada al Palacio Legislativo del régimen de Porfirio Díaz. El arquitecto mexicano Carlos Obregón Santacilia propuso al entonces secretario de Hacienda, Alberto J. Pani, el aprovechamiento de la cúpula del frustrado Palacio Legislativo para erigir esta obra que honra a la Revolución mexicana.

El 26 de febrero de 1932, el Departamento de Monumentos Artísticos, Arqueológicos e Históricos de la Secretaría de Educación Pública declaró el Palacio de Buenavista como monumento histórico. Un año después las oficinas de la fábrica de tabaco fueron trasladadas a la ciudad de Toluca y el edificio fue destinado para ser la sede de la Lotería Nacional para la Beneficiencia Pública. En 1946, ésta se trasladó a su nueva ubicación en Paseo de la Reforma y entonces fue arrendado por la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas para instalar las oficinas de la Aduana Internacional. No obstante, después de siete años la construcción devino dependencia de la Beneficencia Pública y más tarde, entre los años 1958 a 1965 la Universidad Nacional Autónoma de México instaló ahí el plantel número 4 de la Escuela Nacional Preparatoria.(9)

Al paso de los años, los diversos usos a que se dedicó el edificio y las múltiples adaptaciones que se le hicieron degradaron el diseño original. En 1965 la Secretaría de Salubridad y Asistencia adquirió y restauró el inmueble. Básicamente se pensó para albergar la Escuela de Salud Pública, empero, en 1966 a través de la Secretaría de Educación Pública se otorgó la construcción al Instituto Nacional de Bellas Artes para la creación del Museo de San Carlos, el cual fue inaugurado en junio de 1968 para albergar, hasta la fecha, una de las principales colecciones de arte europeo en Latinoamérica.

70, 80, 90 y revienta: la distopía del siglo XX

Aunado a la conglomeración de inmuebles e hitos referentes al régimen posrevolucionario, siendo el más patente el Monumento a la Revolución, durante la década de 1970 la vida de este espacio urbano se desarrolló en torno a las “necesidades”  del priísmo y sus corporaciones: aumentó el número de cafés, bares y cantinas donde se apalabran los "coyotes" o personas que se encargan oficiosamente de hacer trámites; creció el número de hoteles que albergaban a los sindicalizados que llegaban de otras partes del país a realizar papeleos burocráticos y se acrecentó la cantidad de teatros en donde se entretenía toda esta "fauna". Estas condiciones transformaron de nuevo el entorno y le dieron una peculiar y característica vida durante los años ochenta y noventa hasta la muerte simbólica del régimen, proceso que podría datarse en 1994, con el primer levantamiento mediático protagonizado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y los asesinatos de figuras prominentes del PRI, como Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu. Coincidentemente el homicidio de este último, quien fungía como secretario general del PRI, sucedió en la calle Lafragua, ubicada en la Tabacalera.

De acuerdo con la premisa “las ciudades se deterioran al mismo tiempo que los procedimientos que las han organizado”(10), fue a partir de esta muerte que la zona se degradó progresivamente, al igual que los edificios que albergan las instituciones priístas.

Siglo XXI: el viandante frente a la Tabacalera

Al transitar por la colonia Tabacalera de camino al Museo Nacional de San Carlos, ya sea que se llegue en coche, se haya tomado el metrobús o el metro, uno se encuentra con una serie de edificios, algunos de buena calidad arquitectónica pero todos en muy mal estado. Sus azoteas y fachadas están atiborradas de anuncios que van desde el afiche, pasando por el neón, la manta, el rótulo, hasta el anuncio espectacular. Conforme se avanza, toda suerte de publicidad invita al transeúnte a entrar en las cantinas, los restaurantes, a escuchar música en vivo mientras se come, a ingresar en sus comercios o mercar con los ambulantes. A pleno día, los prestamistas de Puente de Alvarado, con una escenografía compuesta de bombas, tags y grafiti, trabajan de manera invasiva interrogando a todo transeúnte: “¿qué vende joven, qué vende?”

A su vez, en el tránsito por la colonia una serie de refuerzos visuales referentes a las dependencias del PRI proclaman sus bondades: “Estamos construyendo el PRI del siglo XXI”, aunque el deterioro alcanzó a la imagen del partido político.

En las inmediaciones de la fachada curvilínea del museo, protegida del grafiti por innúmeras manos de pintura gris, los pendones invitan a visitar la colección. A unos cuantos metros, adolescentes ofrecen discretamente “favores” por una módica cantidad: se “puede conseguir sexo oral por 15 pesos y, por 120, una relación sexual completa con niñas o niños, inclusive, de 10 o 12 años” (11). La prostitución infantil en la Tabacalera y sus alrededores ha aumentado considerablemente: “de 2005 a la fecha, en el tramo que corresponde a la avenida Hidalgo, Puente de Alvarado y su continuación con San Cosme, se han registrado 12 asesinatos de prostitutas y 22 homicidios de clientes, lo que hace un total de 32 personas muertas”(12). En un intento por la recuperación del espacio y la erradicación del comercio sexual infantil, los colonos solicitaron malogradamente la ayuda del gobierno local y como en otros espacios de la ciudad el problema de deterioro continúa.

En la fachada posterior del Museo Nacional San Carlos, en las proximidades del jardín cohabitan coloridos stickerismos (algunos ingeniosos, otros chatos y burdos), con los bustos del Che Guevara y Julio Antonio Mella, efigies de los próceres de izquierda instalados en 1997. Ambos soliloquios generan el paisaje urbano, “resultado del efecto colectivo de pequeños cambios individuales”(13); sin embargo, mientras el primero desafía al ojo panóptico que impone un único uso del espacio y subvierte su función, el segundo funge como impronta del cambio de gobierno de la ciudad de México en manos del Partido de la Revolución Democrática, en un barrio “bastión del priísmo”. Tanto uno como el otro, a distintos niveles, son una suerte de rúbrica territorial y una nueva apropiación del espacio urbano.

Caída la noche, en los alrededores del Parque San Carlos aflora el narcomenudeo: el tráfico de estupefacientes es un secreto a voces, pese a que carece de los referentes visuales y publicitarios con los que cuentan los establecimientos comerciales y el ambulantaje. Tanto habitantes de la Tabacalera como custodios del Museo Nacional de San Carlos recomiendan cautela al transitar de día por la colonia y comentan que ya caída la noche malandros, borrachos y drogadictos hacen sumamente peligroso su recorrido.

Espacio vivido versus espacio representado

La historia, la cotidianidad y la experiencia de transitar la colonia Tabacalera, el Museo Nacional de San Carlos y los demás hitos arquitectónicos conforman un entramado de prácticas y percepciones culturales que se producen in situ y que a su vez reproducen y resignifican la colonia. Actualmente se verifica una ruptura entre el imaginario de las personas que viven el espacio y el imaginario surgido de los estudios o documentos sobre el lugar; es decir, la degradación de la zona y de la calidad de vida —la prostitución, el narcomenudeo y el aumento del ambulantaje— han roto la interacción con el espacio histórico y con su condición de posesión conocida y familiar, en la que podemos sentirnos seguros y desarrollar un afecto: han dificultado habitar el barrio. El bagaje histórico y cultural de la colonia, el museo y los monumentos no dialogan ni incluyen la vida cotidiana, convirtiéndose, en el mejor de los casos, en bellos cascarones anacrónicos aislados de y por su entorno.

¿Qué generó la degradación de la colonia Tabacalera? ¿Cómo rescatarla de la deposición que la ha marcado? Es más, ¿por qué hacerlo? Los cambios históricos que ha sufrido evidencian una constante y obvia resignificación del espacio urbano, sin embargo, es pertinente la pregunta: ¿de qué forma se articula la resignificación de este lugar? Cabe poner en tela de juicio si la degradación generó los conflictos sociales que le aquejan y si el reacondicionamiento de la zona podría solucionarlos. ¿Son las remodelaciones la panacea o sólo desplazan los estragos de la zona a otros sitios? Es cierto que problemas sociales como el narcomenudeo y la prostitución infantil surgen de un sinnúmero de factores que van más allá del "estira y afloja" de la planeación urbana y la moral. Dar en este espacio una solución que intente disminuir todos los apremios sería caer en un error conceptual: al ser una cuestión compleja, se deben enunciar varias soluciones. Sin embargo, se puede aportar una propuesta que intente beneficiar a los colonos, principales protagonistas del espacio.

La teoría de la ventana rota, elaborada por James Q. Wilson y George Kelling, tiene sus orígenes en el experimento que llevó a cabo Philip Zimbardo en 1969. Zimbardo dejó dos autos abandonados, de igual marca, modelo y color, uno en Palo Alto, California, y el otro en el Bronx, Nueva York. El primero permaneció una semana intacto, mientras que el otro fue robado y semidestruido. Sin embargo, la suerte del automóvil de Palo Alto cambió cuando el mismo Zimbardo le rompió una ventana. La teoría de la ventana rota manifiesta que inevitablemente el crimen encuentra terreno fértil en el desorden. El postulado enuncia que la delincuencia en cualquier centro urbano es mayor en las zonas donde prevalece el descuido, la suciedad y el maltrato a los bienes públicos. Una ventana rota en un edificio, si no es reparada pronto, deviene el preludio para que todas las demás sean dañadas.

La vía lógica (y un tanto ingenua) para el rescate de la Tabacalera y una nueva resignificación con una mejor calidad de vida es la restitución del diálogo entre espacio vivido y espacio representado, mediante el trabajo comunitario de colonos, parroquianos e instituciones gubernamentales competentes. No sólo el rescate de edificios e hitos de carácter histórico y calidad arquitectónica sobresaliente, sino a través de su integración a una mejor calidad de vida cotidiana. La dificultad para establecer el diálogo entre todos sus actores exige mucho más que buenas intenciones.

Es urgente una planeación urbana que considere la reutilización de edificios con miras a satisfacer necesidades básicas, recreativas e intelectuales mediante un proceso mixto en el cual el Estado, agente que establezca las reglas de legislación y regulación —al margen de propaganda y prestigio político— coopere con el desarrollo de iniciativas privadas y sociales, diseñando, apoyando e impulsando modelos de financiación con miras hacia un interés colectivo. Un buen ejemplo sería transformar el Frontón México, propiedad privada abandonada, en un gimnasio de barrio, pero versa el adagio popular: “como dijo deportivo locutor y lo dijo con certeza, si con los pies no ganamos, ¿qué será con la cabeza?”.[2]

Análisis Urbano Arquitectónico

Lugares Emblemáticos

Arquitectura

Bares, Centros Nocturnos, Cantinas y Pulquerías

Iglesias, Templos, Parroquias, Capillas, Conventos

Fuentes

Monumentos Históricos

Museos

Parques

Restaurantes, Cafeterías y Fondas

Teatros

Familias Fundadoras

Familias de Varias Generaciones

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Oficinas Privadas

Otros Establecimientos

Panteones

Penitenciarías y Centros de Readaptación

Recorridos de Interés

Tiendas de Autoservicio

Tiendas, Farmacias y Misceláneas

Talleres

Unidades Habitacionales

Referencias

Bibliografía

  1. Tomado de: https://alcaldiacuauhtemoc.mx/descubre/colonia-tabacalera/
  2. Jaime Aldaraca Ferrao - Candidato a Dr. en Historia del Arte UNAM
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